Evitando el tapón del Darién: la travesía en barco entre Panamá y Colombia

Posted on December 28, 2011

6


Ya habíamos llegado hasta casi el final de la panamericana, entre nosotros y Colombia sólo quedaban unos kilómetros de selva frondosa y pantanosa, el denominado tapón del Darién. Este tramo entre Panamá y Colombia, en el que sigue inexistente una carretera que conecte los dos países, está dominado por la guerrilla y es considerado uno de los sitios más peligrosos del mundo. Creo recordar que el porcentaje de supervivencia después de cruzarlo es de un 40% y que para cruzar uno tiene que llevar extra litros de gasolina, no para el coche sino para la sierra para abrir paso entre la selva; sí estuvimos contemplando la opción durante unos minutos pero al final nos decidimos por coger un barco hasta Cartagena y no nos quedamos con ganas de más aventura…

Habiendo ya dejado el coche listo en el contenedor para ser embarcado en Colón, cogimos una buseta hacia Portobelo, en donde íbamos a encontrarnos con el capitán del barco y averiguar un poco más sobre la travesía en la que nos íbamos a embarcar.

Entrando el primer coche en en contenedor

Entrando el segundo coche en el contenedor

Llegamos de noche con nuestras mochilas al hostal en el que supuestamente estaba esperando el capitán para recoger los pasaportes, ya que la fecha de partida estaba prevista al día siguiente y él era el responsable de sellarlos antes de partir. Al llegar nos encontramos con un chiringuito de expatriados americanos, franceses y de otras nacionalidades junto con viajeros de diferentes rincones del mundo. Aparentemente es un lugar popular para concertar los viajes en velero hasta Colombia. Al día siguiente no pudimos ver mucho más atractivo al pueblo: era un conglomerado de casas medio destartaladas, dos o tres hostales, un colmado y poco más.

El capitán llego al poco tiempo junto a su esposa y su hijo; él era francés, la esposa americana y el niño debía tener unos doce años. Se presentaron y nos presentamos, iban muy ajetreados y ocupados porque no esperaban tener a tantos pasajeros así que de pronto nos encontrábamos en el coche de la señora rumbo a Puerto Lindo en busca de un sitio para comer y pasar la noche… La señora iba con un cubalibre en la mano, conduciendo con la otra mano y no paraba de hablar de todo lo que le faltaba por hacer antes de que saliese el barco. Nos dejó en un chiringuito al lado de la playa y nos indicó un hostal en el que nos podíamos quedar. Disfrutamos mucho de la comida porque no habíamos comido en casi todo el día y después nos dirigimos al hostal, que casualmente era de un chico de Burgos.

Al amanecer pudimos apreciar un poco más en dónde estábamos, un pueblecillo costeño con un ambiente bastante decadente, en donde por las calles no pavimentadas veías a cerditos, perros abandonados, hombres bebiendo cerveza todo el día y niños correteando.

Calle de Puerto Lindo

Cerdito en Puerto Lindo

Descansando antes de ir al barco

Esa mañana también nos fue comunicada la noticia de que había tormenta, alerta roja en el mar caribe y que la fecha de salida se tenía que retrasar un día. Nos ofrecieron quedarnos en el barco esa noche para no tener que pagar otra noche de hostal, así que después de pasar el día bañándonos en la playa, tomando el sol y relajándonos tal y como se hace en la costa caribe nos recogieron en la lancha para llevarnos al famoso barco que nos llevaría hasta Cartagena.

En la lancha, aun contentos al ignorar lo que nos esperaba…

El barco era de unos 75 pies de largo y no demasiado ancho, era un antiguo barco pesquero que había sido transformado a un barco velero, aunque de velero no tenía casi nada, ya que se movía solo por la propulsión del motor que databa de la segunda guerra mundial. Tenía dibujada la boca de un tiburón en la popa y tenia el aspecto de un destartalado barco pirata. Allí conocimos a otros pasajeros de la travesía, cuatro americanos que estaban bajando hacia Ushuaia en moto y una pareja de belgas que estaban haciendo la travesía entre Cancún y Ushuaia en bicicleta.

Allí pasamos la noche y al próximo día zarpamos bien temprano cuando el capitán y el resto de pasajeros llegaron. Éramos unas 20 personas en total: el capitán y su tripulante (una chica  rusa de unos veintitantos años), los tres hermanos americanos que habían embarcado su coche junto al nuestro, los cuatro moteros americanos, un joven mochilero australiano, la pareja de ciclistas belgas, una joven pareja argentino-canadiense a punto de casarse y nosotros.

El viaje hasta las islas San Blas duró unas 8 horas en total, con un mar bastante movido. La gente se mareó y pocos tuvieron apetito para comer. Pero tampoco es que hubiese una gran selección de comida, el precio que habíamos pagado -450$ por persona- en teoría incluía toda la comida de la travesía, pero esto acabó siendo una gran mentira. La pobre chica rusa, único miembro de la tripulación además del capitán, no tenia idea de nada acerca del barco y además  supuestamente iba huyendo de su esposo que le pegaba y tenía unas heridas severas por todo el cuerpo…

Hasta aquí todo parecía que no podía ir peor, pero la realidad se encargó de demostrarnos lo contrario. La tarde la pasamos bañándonos y paseando por la isla Chichi grande donde paramos para hacer noche y conocer a la  población indígena, los kuna.

Chichi grande

Entablando conversación con los kuna

Alex y una niñita kuna

Playa paradisíaca

Los kuna son la población indígena que habita la comarca de Kuna Yala de Panamá, situado entre Panamá y Colombia. Son los artistas de las famosas molas, tejidos de intensos colores que decoran bolsos, camisas o paredes. Han luchado por conseguir su autonomía y defender su lengua y cultura. Hoy sus ingresos provienen mayoritariamente del cultivo del coco. De sus 365 islas, solo están habitadas algo más de la treintena.

Por la noche el barco se convirtió en el punto de encuentro de capitanes, en su mayoría franceses, procedentes de otros veleros anclados en la zona. Bebían ron o cualquier otra cosa que los emborrachase y fumaban marihuana. Algunos -entre ellos Oyvin y Mona- se quedaron en la Isla en una tienda huyendo del barco. Los que nos quedamos a bordo sufrimos el escándalo de la fiesta de los capitanes completamente ebrios y unos colchones húmedos y malolientes.

Al día siguiente intentamos pasar el máximo de tiempo lejos del barco. Las islas nos brindaban un paraíso virgen de postal y sus habitantes eran gente muy amigable, abierta y con deseos de hablar. El agua de azul intenso, los cocos que caían de las palmeras, la arena blanca… parecía todo sacado de una película, sobretodo comparándolo con el barco que nos había traído hasta allí.

Isla vista de lejos

La situación a bordo era cada vez peor. Los lavabos del barco dejaron de funcionar y el olor de los camarotes comenzó a ser insoportable. La humedad de allí adentro también era horrible, ya que entraba agua por todas partes y la circulación de aire era mínima. Adicionalmente, había un exceso de personas, el barco estaba equipado para 13 personas y viajábamos 20.

Salimos rumbo a Cartagena el día siguiente con mala mar; iban a ser unas 38 horas a 5 nudos que con el mal tiempo que hacía, preveíamos un infierno metidos en esa barca por tanto tiempo. Al poco tiempo de partir el capitán decidió cambiar el rumbo hacia Isla Fuerte y pernoctar allí en lugar de ir directamente a Cartagena, la dirección del viento había cambiado y las olas eran cada vez mas altas y fuertes. Esas 30 horas para llegar a Isla Fuerte fueron horribles, por decir un eufemismo. La tormenta duró toda la noche, con relámpagos y truenos, los que pudieron dormir, no sé cómo lo lograron, el movimiento era constante y duro, algunos se cayeron del camarote, el agua entraba despertando a los pocos que dormían a modo de chorro gigante cada vez que había una gran ola, el olor de los baños sin funcionar era cada vez peor y todo parecía una mala pesadilla de la queríamos despertar.

Llegamos a Isla Fuerte y conseguimos encontrar una ducha de cubos, que nos sentó de maravilla, y algo de comer -pescado con arroz con coco- que nos supo a gloria después de tantas horas sin comer. El capitán nos comunicó que quería zarpar esa misma noche sobre las once para llegar temprano a Cartagena, aun nos quedaban unas ocho horas de travesía… Sin embargo, al llegar al barco nos comunicó que la previsión de tiempo había vuelto a cambiar y que no zarparíamos hasta la madrugada.

En el barco

Sobreviviendo en el barco

Salimos sobre las 5 de la mañana y llegamos a Cartagena cuando empezaba a anochecer. Cuando pudimos ver tierra en el horizonte casi no nos lo podíamos creer, nunca pensamos en desear tanto llegar a Colombia. Era oscuro y Cartagena brillaba como el paraíso al que todos teníamos prisa de llegar. Atrás se quedaba, lo que todos coincidimos en llamar lo peor de nuestros respectivos viajes.

Primer deslumbre de Cartagena

Más cerca de tierra…

Para sorpresa de todos, el capitán retuvo nuestros pasaportes hasta el día siguiente y nos los devolvió sellados sin tener nosotros que presentarnos en ningún control oficial.

En Cartagena nos esperaba Carlos Bernal, con quien existe una vieja amistad familiar, él apareció como el ángel salvador que nos rescató del infierno para conducirnos al cielo. Nos abrió las puertas de su casa, nos llenó la nevera y nos ayudó a hacer todos los tramites que necesitábamos para conseguir el coche. Los días que tuvimos que esperar en Cartagena, al frente del mar, con piscina, sauna y servicio incluido han sido una de las mejores experiencias de nuestra travesía. Solo tenemos palabras de agradecimiento para Carlos y su familia.

Con Carlos en Cartagena

Disfrutando en Cartagena

Después de seis días de trámites pudimos liberar el coche y emprender nuestro viaje hacia Bogotá, nos esperaba otra aventura ya que las carreteras en Colombia están afectadas por una larga época de lluvias y no sabíamos muy bien que nos íbamos a encontrar.

Posted in: Uncategorized