Fiestas y familia en Colombia

Posted on January 28, 2012

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Hacía seis años que no íbamos a Colombia los seis juntos. Eran tantos lo buenos recuerdos que guardábamos de la última vez que todos teníamos unas ganas locas de llegar. La verdad es que el recibimiento de la tierra natal de Mona, no podría haber sido mejor, sobretodo después de la experiencia de 5 días en velero sin casi probar un bocado o tomar una ducha. Como ya mencionó Adriana en el blog anterior,  Carlos, amigo de Mona, nos acogió como familia y disfrutamos unos días estupendos en Cartagena. La ciudad esta preciosa, aun más bonita que la recordábamos y sólo poner los pies en tierra firme pudimos empezar a saborear la alegría y el optimismo de los colombianos… los taxistas hablan maravillas de su tierra, la gente está orgullosa de ser colombiana y todos están convencidos de que Colombia no sólo ha mejorado mucho en los últimos años durante el mandato de el ultimo presidente, Uribe,  sino que va a seguir prosperando con Santos, el actual mandatario. Colombia vive sin duda uno de sus mejores momentos.

Después de liberar el coche de los trámites de aduana y habiendo repuesto fuerzas en Cartagena, nos tocaba coger rumbo hacia el sur. A causa de las lluvias intensas, (el fenómeno de “la niña” ha afectado mucho a Colombia en los últimos años), todas las carreteras estaban muy afectadas, con derrumbes e inundaciones. Tomamos la ruta que consideramos comportaba menos riesgos, que era la de Santander, pasando por Bucaramanga. El tramo de Cartagena-Bogotá lo hicimos acompañados de tres hermanos americanos que viajaban de California a Ushuaia en su propio coche. La verdad es que las carreteras estaban muy mal, habían cortes cada rato y el tráfico era infernal. Hicimos noche en   Aguachica, a una hora de Bucaramanga. Acampamos en una gasolinera donde los guardias de seguridad nos invitaron a abrir las tiendas y ha dormir con toda tranquilidad. ¿Quien iba a pensar hace unos años que esto iba a ser posible en Colombia? Seguramente nadie.

Derrumbes en la carretera

Al día siguiente, después de desayunar al estilo colombiano en Bucaramanga, pan de bonos, buñuelos y jugos naturales, paramos a visitar el parque del majestuoso cañon de Chicamocha.  Queríamos llegar a Bogotá, asi que alargamos el viaje hasta la madrugada del dia siguiente y entramos en la capital  con las calles semidesiertas.  Las tías nos esperaban con los brazos abiertos a pesar de la hora.  Creo que ninguno de nosotros pensaba que iba a apreciar tanto estar en una casa y llevar una vida “normal”.  Sentirse en casa,  desayunar en pijama, cocinar en una cocina de verdad y usar un mismo baño durante todo el dia. Yo, personalmente, lo echaba mucho de menos.

Mona y Stellita

Una vez en Bogotá empezaron los acontecimientos sociales y las tradicionales novenas de Navidad. Amigos y familiares se reunen cada noche en diferentes casas durante los 9 dias previos a la Navidad y después de cantar y rezar delante del Belen, comen, beben y festejan. Al ir con lo mínimo en la mochila, tuvimos que pedir prestado el atuendo para ir mínimamente decentes  a las diferentes reuniones. Así que disfrazados de urbanitas y después de pasar por la peluquería, pudimos presentarnos en la sociedad bogotana sin ser tachados de “hippies europeos”. Novenas tuvimos varias: la de la vecina Flor, la de Carlos y la de su madre Cecilia, la del primo Tuto y la de las tías. Todas ellas con mucha gente y familiares, y como no, con abundante  y  deliciosas especialidades gastronómicas.

Tambien aprovechamos la estancia en Bogotá para poner nuestro Toyota a punto y darle un lifting integral. Oyvin y  Cesar, un amigo de la familia diligente y paciente, recorrieron todos los talleres de la ciudad hasta conseguir dejar el coche totalmente rejuvenecido.

No tenemos suficientes palabras de agradecimiento para todos aquellos que acogieron con tanto cariño a estos seis pobres viajeros que aterrizaron en la ciudad en medio del ajetreo navideño.

Dos días después de llegar a Bogotá celebramos el cumpleaños de Mona, ascendiendo a pie a la montaña de Montserrat  y en la tarde brindando con champán y ponqué de novias… y creo que ninguno de nosotros olvidará el sonido de las guitarras y graves voces hacia las once de la noche cuando ya todos estábamos profundamente dormidos en la cama… y es que en Colombia no existen los horarios, y las sorpresas si se dan, se dan bien dadas. Todos los primos nos sorprendieron con una serenata para felicitar a Mona. Fue un detalle muy bonito y especial que nos acabó de sumergir en la cultura colombiana.

La serenata

Las fiestas transcurrieron con tranquilidad y después nos fuimos a Villa de Leyva, un pueblito a tres horas al norte de Bogotá donde las tías tienen una preciosa casa. Allí pasamos la noche vieja y pudimos probar el ambiente de fiesta en la plaza del pueblo.

La casa en Villa de Leyva

La gran plaza de Villa de Leyva

El 2  de Enero ya teníamos que volver a Bogotá y coger la carretera hacia el sur. Nos costó decidir la fecha, ya que estábamos disfrutando al máximo, pero éramos conscientes de la cantidad de kilómetros que teníamos por delante. Así que el 4 estábamos despidiéndonos bien tempranito de las tías, con muchísima pena, pero con la seguridad de que muy pronto estaríamos de vuelta.

La primera parada que teníamos planeada era en Cali, pero no alcanzamos a llegar esa misma noche a causa de las condiciones de la carretera. Oyvin cayó enfermo con un virus estomacal que tenia afectado a medio Bogotá y Adriana tuvo que comerse literalmente todo el paso por “la linea” (uno de los tramos mas complicados y riesgosos en el mapa de carreteras en Colombia) en medio de la niebla y la lluvia. Nos quedamos en un camping a una hora de Cali y al siguiente día visitamos un poco la ciudad. Seguimos hacia Popayán, donde se celebraba el carnaval de negros y blancos,  fiesta que rememora la tradición de los esclavos de pintarse de blanco un dia  y  al siguiente pintaban a los amos de negros. Así que tan solo entrar en la ciudad el coche se empapó de espuma y talco blanco. Estaban todas las calles inundadas de gente haciendo guerra de pintura negra o de espuma blanca… y no fue menos lo que experimentamos en la ciudad de Pasto el próximo día, la ciudad donde tuvo origen esta tradición. Allí la fiesta estaba multiplicada por dos. Cuando caminábamos hacia el hostal con las mochilas, la gente no llamaba “gringos” y nos atacaban con espuma. Por la noche, Caro, Kristian y yo no perdimos la oportunidad de vengarnos así que salimos a comprar una carioca cada uno y nos adentramos en la batalla campal.

Carnaval de Negros y Blancos en Pasto

Ataque de espuma dentro del coche

El siguiente día ya lo pasamos en Ipiales, a la frontera con Ecuador. Allá aprovechamos para visitar el Santuario de la Virgen de Lajas, dónde los devotos hacen peregrinaciones y supuestamente la virgen realiza milagros.

Santuario de Las Lajas

Pasamos unos días muy especiales en Colombia, donde nos sentimos como en casa.  Me alegra ver que en los últimos siete años, Colombia ha salido adelante y ya no es el país inseguro y peligroso que era antes, sino un destino precioso que ofrece gran variedad de paisajes, gastronomía y culturas….pero sin duda lo mejor, lo mejor de todo es su gente.

Nita enseñando a Kristian a pintar

Los colombianos son serviciales y hospitalarios hasta el extremo y muy conscientes del tesoro que tienen y saben que deben cuidarlo…  desprenden alegría y  la transmiten a la gente que los visita… así que muy contentos y llenos de entusiasmo continuamos nuestra travesía, dejando atrás un país en el que como reza el eslogan de Turismo, el único riesgo que corre  el visitante es no quererse nunca marchar.

Alex

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