Pakistán, del cielo al infierno (y viceversa)

Posted on July 4, 2012

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A pesar de que habíamos sido advertidos de que Pakistán no era un país seguro y que teníamos que tener cuidado, ninguno de nosotros imaginó lo que nos esperaba al otro lado de la frontera: solo cruzarla ya nos pareció haber tocado el cielo sin sospechar que tan cerca estaría el infierno.

Dijimos adiós a China, ya cansados de 30 días y muchos kilómetros de carretera recorridos sin mucho que ver, mas que el desierto de Gobi y atracciones turísticas a veces de poco interés o en construcción. En Kashgar, la ultima ciudad china de la ruta de la seda, en donde habita la etnia Uygur procedente de Turquía, fuimos testigos de la transformación que está viviendo esta parte del país. De la ciudad antigua y original queda poco, ya que la llegada masiva de chinos Han (los que todos conocemos) con sus negocios y centros comerciales ha borrado del mapa gran parte de las tradicionales casas de barro e incluso el mercado, donde actualmente se encuentra una inmensa plaza de cemento con la estatua de Mao. Y es que queda poco para que desaparezcan las últimas huellas de esta minoría étnica musulmana.

Siempre recordaré como ultima experiencia en China el paso de la frontera a Pakistán. En manos de los oficiales chinos nos sentimos como piezas de ajedrez (id allá, ahora volved, línea recta, silencio), nos hicieron abrir las carpas y les costó bastante acabar el papeleo de la salida del coche, ya que ninguno parecía saber muy bien el qué y el dónde sellar. No acabó allí, sino que tuvimos que conducir 150 Km fronterizos con un escolta chino, que más que protegernos, lo que hizo fue echarse una buena siesta y despertarse únicamente para fumar. Así nos despedimos de China.

el escolta tomandose su siesta

A través de la famosa Karakoram Highway (KKH) llegamos a Pakistán. La carretera me pareció el camino hacia el mismo cielo: Pasamos del desierto a las altas montañas nevadas del Himalaya, de no poder comunicarnos a poder mantener conversaciones enteras, de no saber como socializar a ser saludados y sonreídos, de ser ignorados a ser invitados a té cada rato, de enormes construcciones de edificios feos a pequeñas casitas de madera, de la grasienta comida china a las deliciosas especies, de los escasos y sucísimos baños a unos grandes y limpios, de China a Pakistán.

Los primeros días estábamos fascinados con todo lo que veíamos, inmersos en el mundo de Aladino, encantados con la curiosa armonía en que se mezclan las montañas con los animales, casas y los mismos habitantes del Hunza Valley. Totalmente maravillados ya que no estábamos preparados para semejante cambio. Incluso ni nos preocupamos cuando tuvimos que cruzar un lago en un pequeño barquito, con el mismísimo Ali Baba en el timón, hasta que…

Lo que se quedo en un susto

 

CRACK!! De repente despertamos en las tinieblas cuando vimos nuestro coche-casa mitad en tierra mitad en agua, con pocas posibilidades de salvarlo, con muchas de volver a casa a pié. Afortunadamente, con ayuda de los militares pakistaníes y una excavadora de construcción conseguimos volver a poner el coche en tierra firme, al igual que nosotros, aunque durante poco tiempo, ya que al llegar al Gilgit y ser invitados a quedarnos en casa de la familia de Riaz, nuestro guía, y de disfrutar de su hospitalidad volvimos de inmediato al cielo.

Militares en un control policial

la hospitalidad Pakistani

De allí fuimos descendiendo de nuevo poco a poco de camino a Islamabad. Primero pasamos al lado de tres buses aparcados totalmente destrozados, donde un mes antes habían matado a todos los pasajeros y después quemado los vehículos, después cruzamos Abottabad, la ciudad dónde capturaron a Bin Laden. Por ultimo nos introducimos en lo que llaman Hell on Earth (infierno en la Tierra) cuando llegamos a la capital, ya que los 50ºC son difíciles de soportar, incluso mas cuando cada dos horas cortan la electricidad en toda la ciudad por falta de recursos y el aire acondicionado deja de funcionar. Esto de alguna forma se compensó con las visitas a las grandes mezquitas y bazares, sitios donde mayoritariamente se desarrolla la vida social. A estas alturas del viaje y con tres mujeres y un hombre a bordo, hemos tenido que hacer el esfuerzo de aprender las reglas sociales de este país musulmán, sobretodo nosotras. En esta sociedad predominantemente masculina es completamente normal ver a dos hombres cogidos de la mano o abrazarse cariñosamente, pero no tanto ver a una mujer pasear sola, pero si la hay, está totalmente cubierta. Por ello, ocultarse en un Shalwar Kameez ha sido inevitable, y nos ha ayudado a camuflarnos entre la gente local, aunque a alguna que otra mirada curiosa le ha encantado y no se ha cortado en hacernos fotos.

 

dos amigos cogidos de la mano

Telas preciosas

El trato con los locales ha sido glorioso, en cada momento han intentado hacernos sentir cómodos y entretenidos, pudiendo mantener conversaciones muy interesantes sobre sus costumbres: uno estaba convencido de que todos los cristianos se convertirían al Islam tarde o temprano y también insinuó que me quedaría muy bien el burka, otro se estaba preparando para una revolución estudiantil y al principio pensó que las tres éramos esposas de Oyvin, otros simplemente preguntan si el matrimonio de mis padres es un “love marriage” y se rien si decimos que si. Incluso los policías han hecho todo lo posible por complacernos, protegiéndonos, dejándonos colar en todas las filas, no cobrándonos los peajes y invitándonos a té en los puestos de vigilancia.

 

Karakoram Highway (KKH)

Por otro lado, los conflictos internos entre los mismos musulmanes ha sido un tormento. En varios trozos de carretera hemos tenido que llevar escolta armado, incluso dormimos una noche en la estación policial ya que un hotel “no es seguro”. Sobretodo dirigiéndonos hacia Irán pasando por la provincia de Balochistán ha sido un martirio. Al principio pensaba que la seguridad era un poco exagerado, pero escribo este blog desde Queta, donde para ir hasta la frontera de Irán hemos de aplicar para un permiso especial y asegurarnos de tener seguridad durante todo el trayecto de 600Km, y hemos salido esta misma mañana para tener que dar media vuelta pues ayer pusieron una bomba en esa misma carretera, donde murieron 24 personas y hoy mismo hay protestas. Hace dos días pusieron otra bomba en Sibí (donde no nos dejaron ir a un hotel) y mataron a 8 personas. Hemos preguntado cuales son las razones, pero la gente está tan cansada de esta situación que ya no sabe que contestar o reaccionar, incluso hay algunos que por la calle nos preguntan que hacemos visitando este país tan inseguro, totalmente regulado por la religión y sin libertad.

Pakistán nos ha dejado hipnotizados, por muchas cosas maravillosas pero también por otras horribles. Quizá su magia consista en el que nunca sabes que tan cerca estas del cielo o del infierno, y si algo he aprendido en este viaje es que nada es blanco o negro, y que la belleza se encuentra en la amplia gama de grises.

Carolina

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